11 may. 2010


Aníbal entró en el interior del fortí, y al momento su cuerpo se estremeció sintiendo la humedad que desprendía la antigua estructura. Cerró los ojos y aspiró el olor de la enmohecida piedra, imaginándose a las tropas que defendían a la ciudad del asedio a la que fuera sometida en 1812, durante la llamada Guerra del francés.
Abrió los ojos, y suspiró al contemplar las amplias arcadas que ocultaban el techo de piedra. Iba a ser complicado desmontar todo aquello sin dañar la superficie de la antigua roca. Observó el amplio comedor abovedado y las mesas circulares que ocupaban el recinto. Podía verlas en su imaginación, adornadas aún con su inmaculada mantelería y las delicadas piezas de loza ocupando su lugar junto a la cubertería de plata y la delicada cristalería. A su mente acudieron los fabulosos banquetes que allí se habían celebrado y rezó para que el ajetreo diario al que había sido sometido no hubiera resentido la estructura del edificio.
―¿Es este el salón principal?
Manuel Quintanilla se encogió de hombros.
―¡Menudo lujado tenían aquí dentro!
―Desde luego, es impresionante.
El estómago le cosquilleaba cada vez que se encontraba en un lugar como aquel, un lugar que había sido ocupado antes por unos personajes que habían dejado su huella en la historia. Tal vez, en aquel mismo emplazamiento en el que ahora mismo se hallaba en pie, habría estado algún valiente soldado esperando recibir las órdenes de su superior mientras los barcos enemigos asolaban la costa catalana.
―Tendremos que meter una grúa para desmontar ese techo.
Aníbal miró hacia arriba en un acto reflejo y luego desvió su mirada hacia Manuel.
―Primero hemos de sacar todo el mobiliario. ¿Han traído algún camión?
―No, pero en seguida lo soluciono.
―Bien ―respondió Aníbal mientras observaba cómo Manuel presionaba las teclas de su teléfono móvil―, y mientras llega, supervisaremos las cocinas.

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