6 abr. 2010

El gran dictador

"Lo lamento, pero no quiero ser emperador: ése no es mi negocio"


Con estas palabras inicia Charles Chaplin el discurso final de una de las películas más geniales de la historia del cine.

En su doble papel de Adenoid Hynkel y de barbero judío del "ghetto", Chaplin dejó su postura política muy clara. Según comentaba Truffault, la película no era tan solo una farsa defensiva sino también un ensayo muy preciso sobre el drama judío y las ambiciones racistas de Hitler.

Chaplin sabe anteponer los dos mundos con maestría respetando escrupulosamente la verdad étnica: las secuencias del ghetto son fluidas, maliciosas, astutas; mientras que las del palacio son bruscas, automáticas y frenéticas, rayando en lo ridículo.

Chaplin confiere a la historia una entidad nada desdeñable, corroborando su lugar en el mundo cinematográfico. La situación política que vivía Europa supuso la confirmación de toda una serie de ideas y testimonios que hicieron mella en su momento a quienes pudieron asistir al estreno de la película.

El gran dictador se presenta como una obra madura del cómico que cambia su papel de vagabundo al que nos tenía tan acostumbrados por el de un barbero que nos abre los ojos a la esperanza, como así nos lo muestra en su discurso final:

Lo lamento, pero no quiero ser emperador: ese no es mi negocio.
No quiero conquistar a nadie.
Me gustaría ayudar a todos si fuera posible: judíos y gentiles, blancos y negros.
Todos deberíamos querer ayudarnos; así son los seres humanos.
Queremos vivir con la felicidad del otro, no con su angustia.
No queremos odiarnos y despreciarnos.
En este mundo hay sitio para todos, y la tierra es rica y puede proveer a todos.
El camino de la vida podría ser libre y hermoso.



Dirigida por Charles Chaplin en 1040, no llegó a España hasta 1976, treinta y seis años después de su estreno, un año antes de que falleciera Chaplin. Y, como ya va siendo habitual, os dejo un video con más detalles.





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