1 abr. 2010


Eran las ocho en punto de la mañana y el sol brillaba como el demonio.

Manuel Quintanilla se quitó el casco y secó el sudor de su frente. Aquel clima iba a matarlo. Si no le hubiera hecho caso a su mujer que se había emperrado en que aceptara aquel puesto de jefe de obra en Tarragona ahora estaría disfrutando del aire fresco de su pueblo… y de una tapita de buenos choricillos con su tinto riojano en lugar del tintorro que había tomado en el bar de la esquina y que a buen seguro le produciría algún tipo de úlcera en el estómago.
¡Y con lo bien que le caían a él los catalanes…!
Y para colmo, su jefe… ¿cómo se llamaba? Era como un nombre de fruta… ¡Pera! ¡Eso es! Pera Mata. ¿Por qué no tendrían nombres normales como los demás? Podrían llamarse Federico o Cipriano; pero no, ellos tenían que ser diferentes. Allí tenían nombres extravagantes como Pera o Bisens… ¡qué raros eran estos catalanes!
En fin; el caso es que Pera le había asegurado que se trataba de un simple derribe. O sea, un montón de piedras que debían echar abajo. Lo que no le había dicho, es que aquel edificio era muy querido ―por alguna extraña razón desconocida―, por los ciudadanos tarraconenses. ¡Ni que se tratara de uno de aquellos viejos edificios a los que catalogaban de monumentos históricos! Si que era cierto que el lugar era pintoresco, pero tampoco había para tanto. Si no se caía de viejo, la sal marina que poco a poco iba erosionando el entorno haría mella en la antigua estructura y terminaría cayendo por su propio pie. Entonces… ¿para qué esperar? ¿Qué ganaban con detener lo que era ya un hecho consumado?
Y es que los catalanes eran así: además de racas, gilipollas. Cualquier excusa era buena para abandonar su puesto de trabajo y manifestarse. Y ahora la excusa era aquel montón de piedras que su jefe le había mandado tirar. «Sólo tendrás que llegar y demoler el edificio», le había dicho. Pero cuando había llegado al lugar, éste estaba repleto de manifestantes blandiendo sus pancartas a la vez que gritaban: «salvem el fortí!». Pero, ¿qué demonios le pasaba a toda esa gente? ¿Acaso no tenían nada mejor que hacer que estar dando por culo con las dichosas pancartitas a humildes ciudadanos que tan sólo intentaban hacer bien su trabajo?

Un pequeño zumbido vibró en la parte trasera de su anatomía seguido por aquella estridente melodía de su nuevo móvil de última generación. Manuel se apoderó del aparato y soltó un bufido al ver el nombre que mostraba la pantalla; pero contestó en el acto.
―Diga, jefe, ¿qué pasa?
―¿Cómo va todo?
Manuel carraspeó para aclararse la garganta, antes de responder:
―Tenemos a unos cuantos gilipollas con pancartas amotinados a la entrada del edificio.
―¿Manifestantes? Y, ¿qué coño quieren ahora? Están todos los permisos en regla, el juez ha dictaminado el desmantelamiento del restaurante, ¿por qué no van al ayuntamiento a quejarse?
―No lo sé, jefe. Supongo que creen que poniéndose delante frenaran a nuestras excavadoras. Pero lo tienen claro. En cuanto me abalance sobre ellos verá cómo corren esos hijos de puta.
―¡No, Manuel! ¡Ni se te ocurra hacer eso! ¡Sólo hay que desmontar el restaurante! ¿Para qué coño has llevado las excavadoras?
―Usted me dijo que echara abajo el fortí.
―Exacto, el fortí de la reina, el restaurante; ¡pero no el edificio!
―Y, ¿qué más da? ¿No es lo mismo?
―¡Claro que no! Sólo hay que desmantelar el restaurante que hay en el interior del monumento. Mira… seguro que Aníbal Fortuny estará a punto de llegar. No hagas nada hasta que él llegue.
―Y, ¿quién coño es ese Aníbal Lecter?
―Fortuny.
―Pues Fortuñ o como se diga. ¿Qué cojones tiene que hacer él aquí? ¡Yo soy el jefe de obra!
―No en este caso, Manuel. Necesitamos la supervisión de un representante del Patrimoni Cultural para no dañar la estructura del fortí; así que vigila que nadie toque nada hasta que él llegue, ¿entendido?
Silencio.
―¿Manuel?
―¡Vale! ¡No tocaremos nada hasta que llegue ese asesino en serie!
Pere Mata suspiró. Hubiera dado cualquier cosa por enviar a cualquier otro jefe de obra al fortí pero, por desgracia, Luís Baldea estaba enfermo y Darío Vallejo no podía dejar la obra que tenían en Salou, sobre todo ahora que habían empezado a cerrar cubiertas. Así que Manuel Quintanilla había sido su mejor opción… bueno, a decir verdad, su única opción; pero ya se había arrepentido de haberlo enviado.
―Estaré allí en media hora. Procura calmar a toda esa gente hasta que lleguen los mossos, ¿de acuerdo?
―Como quiera jefe, pero ya vería como esos mamones nos dejaban en paz si nos vieran entrar con las excavadoras.
―No, Manuel. Prométeme que esperarás a que llegue el señor Fortuny.
―Está bien jefe.
―Ahora mismo tomo un taxi y voy para allá.

Había colgado. ¡Vaya un cagado que era el Pera! Si de él dependiera ya estaría derribado el dichoso edificio y le importaba un carajo a quién se llevara por delante. Pero no, tenía que esperar al tal Aníbal, el experto de la cheneralitat, el que debía de supervisarlo… ¡a él! Pero, ¿qué se habían pensado? ¿Que no sabía hacer bien su trabajo? ¿Quién cojones se creía que era ese tal Aníbal?
―Perdone… ¿es usted Manuel Quintanilla, el jefe de obra?
Manuel guardó el móvil en el bolsillo trasero de sus tejanos y clavó su mirada en el recién llegado.
―Soy Aníbal Fortuny, del Patrimonio Arqueológico. Cuando usted lo desee, podemos empezar.
Manuel estrechó la mano que el joven le tendía a la vez que le obsequiaba con una amplia sonrisa. ¡Pero si sólo era un crio…! Eso sí, estaba bien educado el cabrón; al menos, sabía quién estaba al mando.

2 comentarios:

Carolina dijo...

Ostras, qué buen comienzo; ese Quintanilla si que es un gilipollas, jaja. Espero la continuación de una historia que tiene visos de misterio.
Besotes!!

Belén dijo...

Hola, no sabía que alguien la hubiera leído. Ja Ja. Tengo otra versión más larga del primer capítulo pero no me convence. Creo que prefiero los capítulos cortos.