28 ene 2011

Ya falta bien poquito para que llegue a nuestras librerías la última novela de Nieves Hidalgo. Especialmente tengo muchísimas ganas de leer este libro; en primer lugar porque he visitado ese país y me dejó maravillosos recuerdos; en segundo lugar porque uno de mis relatos transcurre allí; y en tercer lugar porque Nieves es una escritora como pocas. Os dejo la sinopsis y un trozo de la historia que he sacado del blog de la misma autora.


Sinopsis:

Muchos siglos atrás, las divinidades egipcias -ya sabemos que los dioses son caprichosos- regalan la tablilla de la Vida Eterna a un campesino. El extraordinario objeto pasrá de mano en mano hasta que el faraón Tutmosis III lo hace enterrar convencido de que será para siempre.

Una diosa-demonio había prometido entregar la tablilla a su fiel servidor, Seneptha, pero éste muere a manos del guerrero Karemheb, El Guardián del Valle de los Reyes, y la diosa se venga ordenando que lo asesinen y lo entierren en la tumba de Seneptha.
En nuestros días, los argueólogos Esther Rivet y Moses Connor, descubren la tumba de Seneptha, y en ella una tablilla y un anillo. Y sin proponérselo resucitan al servidor de la diosa. Pero Seneptha no volverá a la vida solo... Karemheb, el ancestral guerrero lo hará con él. Esther no puede remediar enamorarse del enigmático ser de otro tiempo. Y la atracción entre ambos acabará por convertirse en un amor por el que estarán dispuestos a enfrentarse a todo, e incluso a morir por preservarlo.


PRÓLOGO


LA TRAICIÓN …


Cuando llegó al taller de momificación, a las afueras de la ciudad, le estaban aguardando. Llamó, y la puerta dejó escapar un sonido agónico al ser abierta. Un hombre alto y delgado, de rostro demacrado y cubierto únicamente con un raído fadellín, le franqueó el paso después de inclinarse ante él. De inmediato, el desagradable olor a muerte del interior le hizo sentir un ramalazo de desagrado, pero siguió al embalsamador hacia el interior con paso firme, haciendo titilar la luz de las antorchas enganchadas en los muros.

Karemheb no pudo reaccionar cuando, tras pasar al lado de una columna, una daga se le clavó en los riñones. Soltando una exclamación más de asombro que de dolor consiguió girarse para ver el rostro macilento de su enemigo. Hasta tuvo fuerzas suficiente para sacar su ancha daga... antes de que el hombre que le había recibido clavase su puñal casi en el mismo lugar en que lo hiciera el otro, retorciendo el arma en su cuerpo.

Karemheb cayó de rodillas, los ojos nublados por el dolor, notando que la vida se le escapaba con rapidez. La tercera puñalada le acertó en medio del pecho y el guerrero, que había enfrentado a cientos de enemigos durante las batallas, no pudo siquiera asestar un golpe a quienes le enviaban junto a Anubis, al mundo de los muertos.


Y LA BONDAD …


A mucha distancia de allí, la diosa Sekhmet lloró, una vez más, por la muerte de su fiel servidor, Karemheb. El joven guerrero la sirvió con lealtad, la adoró con devoción desde que le consagrasen a ella. Parte de sus ganancias habían sido entregadas a los sacerdotes de su templo en constantes ofrendas.

A pesar de su poder, nada podía hacer para anular el maleficio de Neheb Kau. No estaba permitido a un dios interferir en las maldiciones de otro dios o de un demonio. Sin embargo, era consciente de que le debía algo a Karemheb por su dedicación, de modo que recorrió la amplia sala de columnas doradas hasta llegar a los aposentos de su esposo, el dios Path, para hablarle. Sus ágiles pies, enfundados en sandalias de oro, apenas hicieron ruido sobre las refulgentes losetas de mármol nacarado.

El Espíritu que reside en todos los seres, el Obrero Divino, el Protector de las artes y de los joyeros, se encontraba recostado en su sillón favorito, junto a la balconada desde la que divisaba, allá abajo, muy abajo, el mundo de los humanos. Estaba trabajando en un brazalete de plata labrada. Sonrió al verla, pero al instante su ceño se frunció. Las lágrimas de su amada esposa siempre le afligían. La instó a sentarse y ella lo hizo a sus pies, reclinando su dorada cabellera sobre las rodillas.

-¿Qué te apena, Sekhmet?

Ella le contó con el corazón desgarrado.

-Tú, esposo mío, que diste el hálito de la vida a todos los seres vivientes, concédeme este favor –rogó Sekhmet-.

-No debemos interferir.

-Y no lo haremos. Sin embargo, hay un modo de suavizar la maldición de Neheb Kau sobre mi protegido. Ella le ha quitado la vida, pero yo puedo devolvérsela.


Si queréis saber algo más sobre este fabuloso libro, visitad el blog de Nieves

2 comentarios:

Carolina dijo...

Deseando tenerla yaaaaaaa!!!!
Maremía qué argumentazo, por Dió bendito...

Belén dijo...

Yo también tengo unas ganas locas de leerlo


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